
La derrota de las izquierdas en el continente americano no es sólo económica o social, es narrativa.
Entre 2023 y 2026 ocurrió algo que hace apenas unos años parecía poco menos que imposible, una parte importante del continente comenzó a desplazarse hacia opciones más conservadoras, liberales o de derecha. Argentina pasó de la izquierda peronista al libertarismo de Javier Milei; Bolivia cerró el ciclo dictatorial de Evo Morales; Chile transitó desde el gobierno de Boric hacia una opción conservadora; Colombia cerró el ciclo populista iniciado por Gustavo Petro; Estados Unidos regresó del Partido Demócrata al Republicano con Donald Trump e incluso el históricamente inestable Perú con la victoria de Fujimori endureció nuevamente su orientación política hacia la ultra derecha.
Si bien es cierto que en cada caso existen diferencias profundas entre modelos, estilos y grados que abarcan todo el espectro político y económico, se observa una constante difícil de ignorar, el sentido del movimiento electoral, en todos los casos como las manecillas del reloj los electores giraron hacia la derecha. Una parte importante del electorado comenzó a desplazarse hacia posiciones que prometen más mercado, más orden, menor intervención estatal y una recuperación del control institucional.

Mi tesis no es que la izquierda vaya a desaparecer. La historia demuestra que las sociedades democráticas son pendulares y que ninguna corriente política mantiene para siempre la hegemonía cultural. Lo que parece estar cambiando no es la existencia de la izquierda, sino el significado emocional de sus discursos.
Aunque una sociedad experimente los mismos acontecimientos, cada individuo los interpreta desde sus experiencias, expectativas, valores y emociones. La realidad política más que construirse sobre hechos, se construye sobre percepciones compartidas. Y cuando millones de percepciones comienzan a alinearse, se crea algo mucho más poderoso: el clima político. Hoy la realidad electoral en el continente americano nos demuestra con hechos que el clima político es adverso a los gobiernos de izquierda.
Durante décadas, el populismo, particularmente el de izquierda latinoamericana, logró apropiarse de conceptos moralmente difíciles de combatir: ayudar a los pobres, defender al pueblo bueno, reducir desigualdades, proteger derechos o enfrentar privilegios. Quien cuestionaba las herramientas era colocado del lado equivocado del debate.

Pero en la última década algo comenzó a romperse.
Para una parte creciente del electorado, su voto ya no se define por las declaraciones y buenas intenciones de los candidatos, sino por los resultados percibidos de las políticas de los partidos políticos que representan. La narrativa del subsidio comienza a dejar de leerse automáticamente como solidaridad; el crecimiento del Estado ha dejado de interpretarse como protección; y el lenguaje antiélite pierde fuerza como sinónimo automático de representación popular.
El lingüista y científico cognitivo George Lakoff explica que los partidos comunican y gobiernan a partir de modelos familiares. En este esquema, la izquierda suele operar bajo la lógica del “padre protector”: un Estado que acompaña, corrige desigualdades y brinda apoyos económicos y sociales constantes a sus ciudadanos.
En contraste, parece estar emergiendo en el continente una nueva asociación emocional: productividad como movilidad social, orden como condición para la libertad, seguridad física y jurídica como valor fundamental para el desarrollo personal, mercado como generador de oportunidades y eficiencia como una forma de justicia social. En la teoría de Lakoff, esta visión se aproxima al modelo del “padre estricto”, donde el papel de las instituciones no es sustituir el esfuerzo individual sino establecer reglas claras y las condiciones que permitan a las personas desarrollarse y asumir responsabilidad sobre sus decisiones.

No desapareció la demanda de apoyo social, incluso podrían haber crecido al igual que el deseo de igualdad. Lo que cambió fue la percepción sobre quién está mejor posicionado para entregarlos.
La batalla política del futuro probablemente ya no se encontrará entre políticas de izquierda y derecha. Sino entre estrategias narrativas para lograr apropiarse de conceptos universales como bienestar, libertad, seguridad y prosperidad.
Porque los ciudadanos rara vez abandonan sus aspiraciones; lo que abandonan son las narrativas que dejan de parecer creíbles.



El cargo El populismo perdió el monopolio emocional del discurso social / Por Jorge García apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.
