
Para nadie es un secreto que, desde el inicio de la administración de López Obrador, el gobierno de México apoya y financia a medios tradicionales y digitales, además de creadores de contenido para difundir sus narrativas y atacar a sus adversarios. Electoralmente, desarrollar este ecosistema digital les ha dado muy buenos resultados, pero, en el terreno social, la polarización producto de su estrategia comunicativa está empujando la confrontación hacia límites que fácilmente pueden salirse de control.
Para cimentar esta estrategia de polarización, López Obrador dividió al país en dos bandos: por un lado, los liberales y progresistas que decía representar, cuyo objetivo era apoyar a los más desfavorecidos; por el otro, los conservadores, entre quienes colocaba a los partidos políticos de oposición, los medios tradicionales, empresarios, escritores, columnistas y la Iglesia católica, entre muchos otros sectores que, según su narrativa, buscaban conservar sus privilegios. ¿Qué podría salir mal? Sólo es un cuento bonito hasta que ocurre.

No puede afirmarse que Morena esté directamente relacionada con crímenes contra la Iglesia, pero sí cabe preguntarnos qué efectos tiene la descalificación sistemática de una institución con toda la fuerza del Estado por más de 6 años. Desde la llegada de la llamada Cuarta Transformación al poder, diez sacerdotes han sido asesinados en nuestro país y, recientemente, se reportó la quema de una iglesia en León, Guanajuato. Si bien estos hechos no prueban una relación directa con el gobierno, tampoco deberían analizarse al margen del discurso político y del clima de confrontación que ha permeado al país.
En octubre de 2026, José Lápiz, creador de contenido identificado públicamente con el entorno de Morena, quedó en el centro de la polémica tras difundirse videos en los que ofrecía dinero a cambio de atentar contra la vida del obispo de Aguascalientes, Juan Espinoza Jiménez. La cantidad habría comenzado en 10 mil pesos y llegado hasta los 60 mil.
Una amenaza de muerte no puede pasar inadvertida en un país medianamente civilizado. Aunque después surgieron deslindes de sectores vinculados a Morena, al principio hubo voces de ese entorno digital construido alrededor del partido que respaldaron la amenaza o minimizaron la gravedad del caso.

Pero, como dice el refrán, «ya éramos muchos y la abuela parió»: después de años de funcionamiento, estos medios y creadores no solo empezaron a competir con la oposición por la atención de las audiencias, sino también entre ellos.
Así llegamos a las amenazas de muerte contra un sacerdote católico. No podemos saber si quien las formuló realmente pensaba que alguno de sus seguidores podría ejecutarlas y reclamar el pago ofrecido, o si simplemente buscaba viralizar su contenido mediante la provocación. En cualquier caso, no hace falta que quien publica una amenaza tenga la intención de cumplirla: basta con que alguien al otro lado de la pantalla decida tomarla en serio. ¿Qué impide que alguien cruce una línea que hasta entonces parecía impensable?
Lo ocurrido no surge en el vacío. Es una consecuencia extrema de una política de polarización que durante años ha presentado a los adversarios como enemigos y ha convertido la confrontación en espectáculo.
El sistema de comunicación que Morena ha impulsado mediante grupos de choque digitales es, por decir lo menos, riesgoso. Estas organizaciones afines al gobierno descubren que cuanto más radicales y provocadoras son sus declaraciones, más atención, interacciones y posibilidades de viralización obtienen. En esa competencia, los mensajes moderados quedan desplazados por otros cada vez más extremos. El caso de José Lápiz muestra hasta dónde puede llegar esta lógica.

No puedes construir durante años una cultura digital basada en la deshumanización del adversario y en su linchamiento mediático irracional y después sorprenderte cuando alguien lleva esa lógica hasta sus últimas consecuencias y eso si es que realmente se sorprenden.
Las palabras construyen marcos de interpretación, delimitan quién merece respeto y quién puede ser objeto de desprecio. Las burlas contra los «medios machuchones», las «empresas o empresarios fifís» y los «políticos de la mafia del poder», así como las descalificaciones contra los «comunicadores neofascistas», la «minoría rapaz», los «oligarcas», «los corruptos», «hipócritas», «chayoteros», «intelectuales orgánicos», «mercenarios», «títeres», «peleles» y «neoporfiristas», contribuyen a normalizar la hostilidad contra los que piensan diferente. Lo mismo ocurre con las agresiones que se premian con miles de interacciones.
Morena puede deslindarse de un influencer y alegar que no controla sus contenidos. Las responsabilidades jurídicas deben establecerse con pruebas y conforme al debido proceso. Pero permanece una pregunta política: ¿qué responsabilidad tiene el movimiento que creó el ecosistema de polarización que, en los hechos, no es una excepción, sino su modelo permanente de comunicación?

El caso de José Lápiz debe investigarse y sus responsabilidades, si las hay, deben determinarse conforme a derecho. Pero la discusión no debería terminar ahí. Lápiz no es la causa, sino una de las consecuencias, como también lo es la iglesia quemada en León, Guanajuato. Cuando se recompensa a quien insulta con mayor ferocidad o lanza la provocación más extrema, pedir moderación solo cuando estalla un escándalo resulta insuficiente.
Por supuesto que la amenaza en redes sociales de una persona vinculada a Morena genera alarma, pero, desde el punto de vista social, lo que debe preocuparnos y ocuparnos no es la amenaza en sí misma, sino el sistema de polarización y descalificación política que la generó. Hoy fue José Lápiz contra un sacerdote, pero antes ha habido muchos otros casos de personas amenazadas y de agresiones que han ido más allá de las palabras. Pensar que esto va a detenerse por sí solo es ingenuo.
La detención arbitraria de Ernesto Roffo Appel, frente a las pruebas y los señalamientos contra Rocha Moya, Insulza y otros morenistas, evidencia lo peor de un sistema penal utilizado como arma política. Las iniciativas para regular los memes, los medios digitales informativos y las redes sociales amenazan la libertad de expresión. A esto se suman las evidencias que vinculan a Morena con organizaciones criminales. Todo ello, junto con este lamentable suceso, podría convertirse en un punto de inflexión nacional.

No para formar un bloque contra Morena, sino para construir un nuevo modelo de país donde quepamos todos. Somos muchos más los que queremos vivir en paz, sin tener que elegir entre chairos y fifís. No se trata de caer en un buenhondismo ramplón ni de ignorar las diferencias políticas, sino de entender que seguir alimentando la polarización hace crecer una bola de nieve que termina fortaleciendo al partido en el gobierno, al cohesionar a sus simpatizantes frente a un enemigo común.
El reto es denunciar y exhibir los abusos sin reproducir la misma lógica de confrontación. Se trata de asumir, desde cada espacio de la sociedad, la responsabilidad de reconstruir aquello que nos une. Si no es ahora, tal vez no volvamos a tener otra oportunidad.
El problema de crear monstruos digitales no es solo que, si algún día dejan de financiarlos, puedan volverse contra quienes los impulsaron. Mientras compiten por conseguir la siguiente interacción, las personas fuera de la pantalla terminan pagando las consecuencias. Y esas consecuencias, que hace poco parecían lejanas, cada día se acercan más a ti.


El cargo Morena y sus monstruos: Cuando el odio se sale de control / Por Jorge García apareció primero en Reporte 32 MX, El medio digital de México.


